
Crónica de una evasión.
El viaje comenzó el 22 de septiembre con el ritual rutinario de los cabos sueltos y la chapa de los barcos. El ferry de Balearia abandonó el puerto de Palma a las 08:00, cubriendo la travesía hacia Dénia con esa obligada y parsimoniosa escala de una hora en los muelles de Ibiza. El Mediterráneo era una balsa de aceite bajo una luz limpia. Abajo, en la penumbra de la bodega, la Transalp aguantaba el balanceo cargada con unas alforjas de lona rudimentarias donde viajaba el equipaje doble, el mío y el de Marisa, que volaría directo a Sevilla días más

